Con la gente, ¿contra los dirigentes?



Por Julio Villalonga (@villalongaj)*

Un síndrome curioso afecta a dirigentes políticos destacados. Podría denominarse “de ninguneo crónico” o “de menoscabo sistemático del otro”. El mal, potenciado en tiempos electorales, puede reconocerse en la propia presidenta Cristina Kirchner, quien en rigor se habría contagiado de su difunto esposo, Néstor. La enfermedad lanza al portador o portadora a buscar un adversario –enemigo es demasiado– para castigarlo de todas las maneras posibles con el fin de esmerilar su futuro político. El resultado es que el recipiente de los ataques queda en estado de inanición: el inoculado busca que su víctima termine siendo una cáscara que apenas lo oculte, como si un alienígena “ninguneador” viviera dentro del afectado final.

Cristina padece el síndrome, pero la víctima ha sido y es Daniel Scioli. Primero con Néstor y luego, en reiteradas ocasiones, con la Presidenta. Muchos critican al gobernador bonaerense por su paciencia (por su actitud pasiva, en realidad). “Pareciera no tener sangre”, lo acusan. Otros ven en esa actitud de Scioli un autocontrol estratégico.

Cristina eligió a Florencio Randazzo para competir con Scioli, presumiblemente en las PASO del kirchnerismo. La decisión está enmarcada en el síndrome del principio: “Si va a ganar, que sea de la peor manera posible”, sería el objetivo no declarado. O sea, que el cristinismo puro sepa que debe ir a esa primaria a votar al ministro del Interior y Transporte, a quien CFK “engordó” convenientemente como candidato con un presupuesto multimillonario destinado a hacer documentos y comprar trenes, dos déficits en los primeros diez años de kirchnerismo en el poder. No es posible establecer cuántos votos arrastra hoy Cristina, pero serán suficientes para emparejar la interna. Y, antes que eso, deberían poner al sciolismo contra la pared para que ceda espacio en las listas legislativas.

Scioli naturalmente niega que tal estrategia esté en curso. No podría ser de otra manera.

El mismo síndrome parece afectar a Mauricio Macri, el jefe de Gobierno porteño que parece perfilarse como principal contendiente de Scioli en una segunda vuelta, en noviembre próximo.

Si Macri es “lo nuevo” deberá primero deshacer lo que viene haciendo, es decir, deberá vacunarse contra el “síndrome del ninguneo” que lo afecta, y cuya víctima notoria es Gabriela Michetti.

La precandidata a sucederlo en la Ciudad lucha contra Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de Gabinete de MM desde hace casi ocho años. En realidad parece enfrentar mucho más que eso, si se mira la desconocida fiereza de Macri para defender a su “pollo”.

Gabriela, como se refiere Macri a su eterna compañera de fórmulas, debía haber aceptado su convite a repetir, esta vez como candidata a vicepresidente porque “Horacio es el que conoce como nadie la Ciudad”, según ha dicho. Pero no, en un giro casi freudiano “Gabriela” consideró que ya estaba grande para dejar su impronta en el distrito porteño y “mató” a su padre político. Lo hizo no sin una dosis importante de culpa cristiana.

De inmediato se desató sobre ella una tormenta. Es la mejor para seguir acompañando, porque es mujer, entre otras “virtudes” electorales. Pero pareciera ser la peor para conducir casi por lo mismo. Las mujeres pasan a ser de inocuamente originales a concretamente impredecibles.

Tanto Scioli como Michetti son fenómenos “necesarios” para ganar elecciones por su vínculo evidente “con la gente”, como ya han probado, pero deben quedarse en la puerta del poder real, el que manejan los dirigentes.

En unas elecciones donde el “aparato” partidario tenga preminencia, sus detractores llevan las de ganar. Si “la gente” va a votar, el resultado puede ser otro.

Por diversas razones, muy probablemente Cristina no. Pero, ¿sabrá Macri cambiar de “chip” si los votos superan a las estructuras?

* Director de gacetamercantil.com

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