(7 de mayo de 1919 - 7 de mayo de 2019).

Centenario Evita: Una vida, una prueba de amor

Tiempo de Lectura: 6 minutos

«Yo me vestí también con todos los honores de la gloria, de la vanidad y del poder. Me dejé engalanar con las mejores joyas de la tierra. Todos los países del mundo me rindieron sus homenajes, de alguna manera. Sonriendo, en medio de la farsa, conocí la verdad de todas sus mentiras.»

Cien años se cumplen del nacimiento de la mujer que cambiaría el rumbo de nuestra Patria. ¿Cómo se explica, que un periodo tan corto de tiempo, haya marcado a fuego la historia argentina, e incluso, al mundo? De la misma forma que hace dos mil años los humildes reconocieron primero a Cristo, salvador, fueron primero los humildes de nuestro pueblo los que tempranamente supieron detectar en esa mujer una nueva esperanza de luz que se abría en el horizonte de una nueva Argentina.

Cien años después, no volvemos a ella como un recuerdo lejano, sino como una voz que nos habla del presente hacia el futuro. Porque aún vivimos la injusticia en nuestra carne, y su rostro nos representa una señal de destino y confianza. Una intuición convertida en certeza, ese es el rostro de Eva Perón.

En la noche de una Argentina que reducía a la servidumbre al pueblo dejando en el olvido a ancianos, niños, mujeres y hombres, proclamando por un lado libertad y pero ejerciendo la esclavitud, se gestaba la redención social y política en las entrañas de nuestro pueblo. Evita se gestó en la profundo del pueblo, nació, vivió y sufrió por el pueblo, lo amó y se entregó por él. Ella siendo pueblo, conoció la pobreza pero también la riqueza. Recorrió con su propia alma las alturas, pero a cambio, se entregó a la humildad. No fueron suficientes las alturas para marearla. Su fin era uno y único, allí tenía puesta su mirada: la restitución de la dignidad humana perdida por la ambición del espíritu oligarca. Y para ello, dispuesta a todo, con un corazón infatigable en un cuerpo que no aguantó lo mismo que su alma. En Evita, la fragilidad es grandeza.

“Es lindo vivir con el pueblo. Sentirlo de cerca, sufrir con sus dolores y gozar con la simple alegría de su corazón. Pero nada de todo eso se puede si previamente no se ha decidido definitivamente encarnarse en el pueblo, hacerse una sola carne con él para que todo dolor y toda tristeza y angustia y toda alegría del pueblo sea lo mismo que si fuese nuestra. Eso es lo que yo hice, poco a poco en mi vida.”

La felicidad habría de alcanzarse a base de trabajo, y en su vida se traducía a trabajar hasta altas horas de la madrugada, con pocas horas de sueño, recibiendo a un pueblo que se desangraba de injusticia. Allí se conmovía su espíritu y se hacía carne su profundo sentimiento cristiano: era necesario dar. Pero más allá de dar, era imperioso darse. Entregarse por un ideal que valía más que la vida misma. Y no dudó en ningún momento. Evita lo había comprendido profundamente y así lo expresó: dar era justicia, pero darse, en cuerpo y alma, era una obra de amor. La revolución justicialista exigía esta cuota de entrega. Se trataba de llevar a cabo, en la realidad argentina, la obra del cristianismo en la historia de los pueblos. Dignificar al pueblo argentino a través de la destitución de las injusticias sociales, con una gran obra de amor y justicia, donde el hombre dejara de ser el lobo del hombre, para lograr la hermanad absoluta.

“La enfermedad y el dolor me han acercado a Dios y he aprendido que no es injusto todo esto que me está sucediendo y que me hace sufrir. Yo tenía todas las posibilidades de tomar, cuando me casé con Perón, el camino equivocado que conduce al mareo de las altas cumbres. En cambio Dios me llevó por los caminos de mi pueblo.”

La mística social de Evita representa un capítulo aparte, una verdadera revolución de amor, que objetivamente derivó en trascendentes transformaciones en las estructuras del Estado y  en las políticas públicas dirigidas ahora al pueblo, para devolver los derechos vulnerados por años de expoliación oligárquica.

“¿O es que nuestros enemigos son tan cobardes que no quieren ver, -tal vez por vergüenza, y en esto tienen razón-, que tenían sumergido a nuestro pueblo por una explotación que, además de vergonzosa, no era digna de los argentinos, porque no sólo los habían explotado materialmente, sino espiritualmente, ya que no les permitieron descubrir sus propios valores y sus propias posibilidades? ¿No son capaces de reconocer que en cincuenta años, por no decir un siglo, habían sumergido a nuestro pueblo?”

Una mujer gestada en una Argentina olvidada pero latente, llegada de los Toldos, abrazó de inmediato el ethos nacional, revalorizándolo, llevándolo a la práctica, dándole el lugar que le correspondía. Fue necesario para ello rechazar contundentemente cualquier ideal foráneo, de izquierda o derecha, marxista o liberal, que la oligarquía y la clase dirigente aliada a ella, utilizaban como medio de desnacionalización y colonialismo.

“En un mundo de odios, en un mundo que se debate entre dos imperialismos de izquierda y de derecha que no buscan más que un predominio político y económico, en un mundo donde los factores hombre y felicidad son secundarios  para saciar sus ansias imperialistas, Perón levantó la bandera justicialista de que todos unidos en un engranaje nacional o universal podemos construir las grandezas de nuestras patrias y ser celosos de nuestra soberanía.”

El actuar de Evita transcurrió en la comprensión cabal de nuestra cultura histórica occidental, legada de Atenas, Roma y Jerusalén. Atenas en la filosofía griega, Roma con la norma y la ley, y Jerusalén en la fe cristiana.

“Perón ha dicho que su doctrina es profundamente cristiana y también ha dicho muchas veces que su doctrina no es una doctrina nueva, que fue anunciada al mundo hace dos mil años, que muchos hombres han muerto por ella, pero que quizá aún no ha sido realizada por los hombres.”

“Muchas veces me he dicho, viendo la grandeza extraordinaria de la doctrina de Perón: ¿Cómo no va a ser maravillosa si es nada menos que una idea de Dios realizada por un hombre? ¿Y en qué reside? En realizarla como Dios la quiso. Y en eso reside su grandeza: realizarla con los humildes y entre los humildes.”

Injusto sería escribir alguna página de Evita, sin nombrarla junto a Perón. No nos perdonaría jamás que al escribir su nombre, no se escribiera el nombre de su eterno amor. Por eso, peligroso es hablar de Evita sin hablar de Perón. Si lo hiciéramos, estaríamos destrozando una parte de su corazón y de su verdad. Cuidado con aquellos que la nombran y le rinden homenajes, pero lejos, ajena a él: en realidad es un ataque propiciado con deshonestidad y traición.

“Porque saben bien todos ustedes, que Eva Perón, por ser Eva Perón, es una misma cosa con Perón: donde está Perón, está Eva Perón. Y yo pretendo ser eso, porque quiero que cuando vean llegar a Eva Perón, ustedes sientan la presencia superior del Líder de la nacionalidad.”

“Yo identifico en tal forma a Perón con el Pueblo, que ya no sé si sirvo al Pueblo por amor a Perón, o si sirvo a Perón por amor al Pueblo.”

“Por otra parte, el tiempo dirá que yo no di un solo paso ni realicé un solo sacrificio por mí. Por eso apelo a la historia, que es el mejor crítico a quien podemos apelar. Todo lo que yo hice, lo hice únicamente por Perón y por nuestro Pueblo. Únicamente por ellos. Yo he dicho que Perón es mi luz, mi cielo, que es el aire, que es mi vida. Pero no solamente lo he dicho; he procedido como si así fuese. Por eso nadie puede dudar de que Perón sea para mí todo lo que afirmo.”

Una mujer que buscó más bien la felicidad del pueblo, antes que su propio bienestar. Que teniendo todas las posibilidades de convertirse en auténtica princesa, rodeada de lujos y placeres egoístas, decidió quemar su vida para servir de ejemplo para muchos. Porque mejor que decir es hacer, y no hay mayor legado que el propio testimonio que se brinda con la vida. Todo aquello, riqueza y alturas, no encontraron en su corazón un nido donde descansar: era mayor el fuego que quemaba por dentro, para desembarcar en el corazón de todos los argentinos la llama del humanismo cristiano.

“Mi vida ya no me pertenece. Es del Pueblo, que me ha ganado el derecho de que yo le ofrezca cada día mi vida, en el esfuerzo permanente de hacer algo por su felicidad.”

Han pasado muchos presidentes y muchas primeras damas, pero no conoció la Argentina otra mujer que se asemeje a Eva Perón. Ella encarnó algo más, algo que trasciende un papel, un cargo o un honor. Y esto, no lo pueden negar ni siquiera sus detractores. Pronunciar su nombre es decir algo más. Su nombra evoca ese amor o ese odio, que sólo las grandes figuras de la humanidad han sabido evocar. Porque supo encarnar el espíritu del ser argentino, y especialmente, el de la mujer argentina.

“Nada une tanto a los hombres como el amor.”

Nace con Evita no solo una mujer del mundo político y sindical, sino una mujer arquetipo, una mujer que trasciende el tiempo, porque representa el ethos nacional, como símbolo y como verdad irrefutable. Comprendemos ahora que Evita es el Arquetipo de la Mujer Argentina que Dios nos quiso regalar, a nosotros y como ejemplo hacia el mundo. Ese es su legado. Y es la responsabilidad que nos toca asumir a nosotros, especialmente a las mujeres del pueblo, con la mayor seriedad y amor posible; porque no se trata de una figura política más, sino del Arquetipo Nacional de la Mujer y La Jefa Espiritual de La Nación.

Quizás ahora podamos comprender como es que hasta el día de hoy sigue despertando en el pueblo un interés fervoroso. Niños y adultos vuelven una y otra vez para mirarla, estudiarla y comprenderla, al mismo nivel que los grandes de nuestra historia. Quizás ahora entendamos por qué: a 100 años de su nacimiento, nos queda más claro que nunca que continúa llena de vida, como si hubiese nacido ayer mismo y jamás hubiese muerto, en el corazón de nuestro pueblo.

Leila F. Estabre. (NCN)

WP2FB Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
A %d blogueros les gusta esto: