El pasado 20 de mayo, en el marco del Día Mundial de las Abejas, el local de La Libertad Avanza en Berisso —ubicado en calle 165 y 30— fue sede de una jornada de concientización que dejó datos escalofriantes sobre el acelerado deterioro de los polinizadores más críticos del planeta.
La apicultora local Nerea Diechtiar, con el respaldo logístico de Alejandra Sarchione y la colaboración de la concejal Laura Fernández, exponente del bloque de La Libertad Avanza en el Concejo Deliberante berissense, puso sobre la mesa una cifra que debería preocupar a cualquier vecino de la Región Capital: una abeja obrera que hace tres o cuatro décadas vivía entre cinco y seis semanas hoy apenas alcanza las tres.
En consecuencia, esta reducción cercana al 50% de su ciclo vital resulta particularmente alarmante, ya que ha sido provocada no por causas naturales, sino por el modelo de producción agrícola dominante
«¿Sabían que las abejas vivían entre 5 y 6 semanas y hoy apenas 3?», fue la pregunta que Diechtiar lanzó ante los vecinos reunidos para inaugurar una tarde de reflexión ambiental en el distrito. La apicultora no formuló una hipótesis; citó registros científicos concretos que muestran cómo el cóctel de pesticidas y la pérdida de hábitat natural están comprimiendo el tiempo vital de estos insectos hasta niveles que los científicos califican como críticos. Ese «envejecimiento acelerado» no es solo un problema para los apiarios: es un termómetro directo de la salud del ecosistema que sostiene la producción de alimentos de toda la región.
Cuatro años: el cronómetro que nadie quiere activar

La dependencia humana de las abejas no es una metáfora poética. Es un hecho biológico respaldado por la comunidad científica internacional. Según los datos expuestos durante la jornada, si las abejas desaparecieran hoy, la humanidad dispondría de aproximadamente cuatro años de supervivencia antes de que el colapso de los sistemas de polinización arrasara con la producción masiva de alimentos. El estimado, ampliamente documentado en bibliografía científica y divulgado por organismos como la FAO, se sostiene en el hecho de que las abejas desempeñan un papel central en la agricultura y la biodiversidad, siendo polinizadoras clave para la gran mayoría de los cultivos que sostienen la seguridad alimentaria global.
Lo que la jornada de Berisso puso de relieve es una brecha de percepción que resulta peligrosa: la desconexión entre el ciudadano que compra una manzana en cualquier supermercado del partido y la cadena invisible de trabajo que hizo posible ese fruto. Ese recorrido silencioso de flor en flor que realizan estos insectos genera un servicio ecosistémico que no tiene precio de mercado, pero que sostiene la economía alimentaria del planeta.
Las abejas, además, no se limitan a polinizar. Producen miel, polen y propóleos —todos con reconocidos aportes nutricionales y terapéuticos— y elaboran cera, un material de aplicación estratégica en medicina, industria del deporte y mantenimiento de herramientas especializadas. La pérdida de estos insectos no sería, entonces, solo una catástrofe ambiental: sería el inicio de una crisis humanitaria sin precedentes.
La ley existe: por qué los apicultores igual pierden colmenas

Uno de los ejes más prácticos de la charla fue la explicación del marco legal vigente que, sobre el papel, protege a los apiarios de las fumigaciones masivas. La Ley 27.233, reglamentada mediante el Decreto 776/2019, declara de interés nacional la sanidad de los animales y los vegetales, y fortalece el rol del SENASA como autoridad de aplicación en materia fitosanitaria.
En la práctica, esa ley habilita un protocolo de aviso previo que obliga a los agricultores a notificar a los apicultores registrados con una antelación de entre 48 y 72 horas antes de cualquier fumigación con agroquímicos de alta toxicidad para los insectos. La comunicación debe incluir la fecha y hora exacta de la aplicación, el producto a utilizar y la zona geográfica delimitada.
Ese margen de tiempo existe para que el apicultor pueda tomar medidas de resguardo sobre sus colmenas antes de que el pesticida llegue al aire. La normativa provincial establece como infracción específica la aplicación de plaguicidas sin previo aviso al apicultor para que retire o proteja las colmenas de sus efectos, y prevé que ante una afectación se active el Protocolo del Programa Nacional de Sanidad Apícola del SENASA. Sin embargo, el incumplimiento de este protocolo es habitual, y la falta de coordinación entre productores agrícolas y apicultores sigue siendo una de las causas directas de mortandades masivas en los apiarios de la zona pampeana, que concentra la mayor densidad de colmenas del país.
Argentina es uno de los principales actores globales del sector: con más de 3,5 millones de colmenas y alrededor de 15.000 productores registrados, el país extrae aproximadamente 76.000 toneladas de miel por año, de las cuales cerca del 95 por ciento se destina a la exportación, posicionando a la Argentina como el segundo exportador mundial. Que ese patrimonio productivo esté bajo presión por el incumplimiento de protocolos básicos de aviso entre vecinos rurales es, en palabras de los especialistas del sector, una negligencia difícil de justificar.
La miel verdadera contra el jarabe: una diferencia que se siente en el paladar

La jornada incluyó un componente sensorial que resultó uno de los momentos más reveladores de la tarde. Los vecinos participaron en una degustación comparativa entre miel pura y jarabe de maíz, una práctica que Diechtiar utilizó como herramienta pedagógica para mostrar, de manera directa y tangible, la diferencia entre un producto genuino y su sustituto industrial. El jarabe de maíz, omnipresente en alimentos procesados y en miel adulterada de bajo costo, ofrece una dulzura plana y carente de la complejidad nutricional que caracteriza a la miel auténtica: una sustancia de sabor variable, con matices florales propios de cada región, textura específica y un perfil nutricional que ningún proceso industrial puede replicar.
Consumir miel pura es, en este contexto, mucho más que una elección de sabor. Es un acto de soberanía alimentaria que financia directamente la supervivencia de los apiarios locales y sostiene el trabajo de los apicultores que resisten el avance de los adulterantes. La tarea de identificar la diferencia, que la degustación mostró ser accesible para cualquier consumidor con mínima atención, es también una forma de ejercer control sobre la cadena de producción.
Ser guardián sin tener una colmena: lo que cada berissense puede hacer hoy

La jornada no cerró con datos alarmantes, sino con una propuesta concreta de acción ciudadana. Diechtiar planteó la figura del «guardián de las abejas»: un rol que cualquier vecino puede asumir sin necesidad de instalar un apiario ni contar con formación técnica específica. Las acciones son simples, de bajo costo y de impacto directo sobre la disponibilidad de recursos para los polinizadores en entornos urbanos y periurbanos.
Plantar flora nativa en balcones, patios y jardines —incluyendo especies como ceibo, tala, espinillo o lavanda— convierte cualquier espacio doméstico en una fuente de alimento para las abejas. Instalar bebederos seguros con agua, piedras y flotadores evita uno de los riesgos menos conocidos: el ahogamiento de las abejas al intentar hidratarse. Eliminar o reducir drásticamente el uso de pesticidas y herbicidas en el mantenimiento del hogar corta una de las vías de exposición tóxica más subestimadas. Y, por último, compartir estos datos en el entorno inmediato actúa sobre la causa primaria de la crisis: la ignorancia generalizada sobre el rol de estos insectos y las consecuencias de su desaparición.
El Día Mundial de las Abejas, establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas y celebrado cada 20 de mayo, busca precisamente que gobiernos, organizaciones, sociedad civil y ciudadanos promuevan acciones que protejan a los polinizadores, incrementen su abundancia y diversidad, y apoyen el desarrollo sostenible de la apicultura. Lo que ocurrió en el local de Libertad Avanza de Berisso fue, en esa escala local pero con implicancias globales, exactamente eso: una pequeña iniciativa que tomó en serio una fecha que el resto del mundo apenas nota.
La pregunta que Nerea Diechtiar dejó flotando en el aire al terminar la tarde no fue retórica: ¿cuántas colmenas más tienen que desaparecer antes de que la sociedad decida que el problema le incumbe?
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